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8.
Hace un par de noches soñé que soñaba que nadaba de noche en el mar. El agua estaba fría (por eso sé que era un sueño, no me gusta el agua fría para nadar). De la nada aparecieron unos tentáculos fuertes y empezaron a rodearme por todas partes. El abrazo era acogedor (otra prueba de que era un sueño!), de una presión intensa y agradable. Me sentí arropada y protegida.
Estuvimos así un ratito hasta que el bicho empezó a hundirse llevándome prisionera. Distinguí la superficie del agua desde abajo, rielando la luna en medio del azul ultramar intenso del cielo oscuro.
Cuando caí en la cuenta de que aún no había aprendido a respirar debajo del agua (lo tengo de tarea pendiente), forcejeé un poco con el bicho y éste me apretó más.
La luz me hizo recordar que la mejor forma de zafarse de los bichos de las profundidades que aprietan, es relajarse. Relajarse mucho.
Lo hice y me soltó.
Subí flotando tranquilamente hacia donde seguía brillando la luna en la lámpara esférica que tengo en la esquina de mi cama.

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