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23.
Te apresuras en llegar a la orilla. Te remangas los pantalones, te quitas los zapatos. En cuanto te quitas los calcetines notas el aire fresquito. Pones los pies en la arena y parece que el resto del mundo no existe, sólo el tacto sedoso del mineral pulverizado.
Ése es tu sitio. Lo sabes. Deberías hacerlo todos los días, piensas. Luego caminas un ratito deleitándote en las sensaciones que te entran por los pies. Respiras hondo. Otra vez.
Definitivamente perteneces a ese lugar.
Llega un mensaje al teléfono. Y no puedes evitar volver. Y vuelves. A olvidarte de tus pies, a olvidarte de ti.
Probablemente regreses en 3 años a la orilla, a quitarte los zapatos, a volver a ti.

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